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6 dic. 2007

UN DESPISTE


















Era una mañana fría de diciembre. Algo sucedió, el reloj no sonó. Micaela se vistió apresuradamente para no llegar tarde al trabajo.
Acostumbraba Micaela - mala costumbre -, al acostarse, despojarse de la ropa quitándose todo a la vez: explico: de cintura para arriba; jersey, camisa y sujetador. De cintura para abajo; falda o pantalón, pantys y demás.
Como el tiempo apremiaba, no tenía tiempo de abrir el armario, echar una ojeada y elegir qué ponerse, como solía hacer cada mañana. Cogió el pantalón del día anterior, y, -eso sí -, ropa interior limpia.
Tampoco pudo recrearse ante el espejo, como de costumbre, antes de salir.
Corrió hacia el metro, iba repleto. Por poco atropella una señora que caminaba a contracorriente pidiendo auxilio por el robo de su bolso ante la indiferencia de todos. Por fin llegó al andén. Nadie se fijaba en nadie. Ya en el vagón, entre el tumulto de gente, le carcomía el no haber ayudado a esa pobre mujer. Todo porque el tiempo apremiaba y llegaba tarde al trabajo.

Se bajó en Sol. Fue al pie de la escalera salida a Mayor, cuando un joven se acercó a Micaela muy sigiloso y le dijo: “señorita, por el bajo del pantalón le asoma algo”.
Micaela muy coqueta se giró para mirarse. En efecto, algo negro se veía. Cómo por falta de tiempo no se había puesto las lentillas, no discernía que podía ser, y refunfuñando, mientras se inclinaba comentó: ¡Maldita manía de sacar a los perros a hacer sus necesidades en cualquier parte!
Se agachó para quitárselo. Era nada menos que la puntera del panty del día anterior, que con las prisas, olvidó de quitar. Comenzó a tirar. No había forma. El brazo no daba más de sí, sólo salía una parte del panty. Estaba enganchado en la entrepierna y por más que tiraba no salía.
La gente ante el espectáculo se arremolinaba, se daban codazos entre sí por alcanzar la primera línea.
Llegó un señor gordito de baja estatura. Por más que se empinaba, no conseguía enterarse de nada. Preguntó a otro más o menos de su talla que se esforzaba estirando el cuello y satisfacer su curiosidad. Tampoco supo informarle, a lo cual, ante la duda, y como buenos ciudadanos, decidieron avisar a la policía.
Mientras tanto, apaciguando sus nervios, Micaela cavilaba como salir de aquel atolladero.Era inútil solucionarlo por debajo, muy resuelta, se desabrochó el pantalón y sacó el panty por la cintura ante la expectación y risas del público aglomerado.
Micaela entre acalorada y nerviosa corrió hacia la salida. Unos policías bajaban presurosos las escaleras. Al comprobar la falsa alarma, dieron media vuelta, regresando a sus puestos.
Un despliegue de coches policiales bloqueaban las calles de Arenal y Mayor. Micaela quedó abrumada.
- ¡Qué barbaridad! Que movilización para nada que ha ocurrido.
El joven que caminaba junto a ella murmuró: -Señorita, creo que se confunde, hoy pasa la comitiva real hacia el Congreso de los Diputados dónde se celebra los veinticinco años de la Constitución.
Micaela cayó en la cuenta, porqué no había sonado el reloj.

Kety Morales Argudo
6-12-2003

2 comentarios:

  1. Está visto que la constitución pone morbo a la vida. Muy gracioso, Kety. Lee mi post en mi blog.
    un beso
    PMT

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  2. Ayy Kety, sufrí con Micaela.
    Y ese reloj, uff.
    Bueno.

    Besos.

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